San Carlos. Tardecita ya, oscura y fría. Esas nochecitas nuevas de principios de junio con gotas de rocío tiesas que mojan y lastiman.
El boliche de Pozzi, con su billar mudo me dejaba hablando con un gran "carolino", de esos que pocas veces se encuentran.
Y si digo "pocas veces" póngale la firma.
Cantor de pura cepa. De los buenos, de los que cantan de adentro.
Grapamiel por medio, acodado al mostrador gastado, conversaba con Rubito.
Me acordaba de las noches que habíamos pasado en lo de mi padre cada 14 de junio. Otras en La Barra, en lo de mi primo Carlitos. Lindas guitarreadas...
Hacía tiempo que había escuchado una canción. Muchos años...
Pero la vida se emperra en darnos revanchas para hacer preguntas.
- ¿Te acordás Rubito de aquella canción que siempre te pedía?
-¿Cuál?
- La que habla del hijo..., del jardín...
- Si...
- ¿Podría publicarla en la revista si tú me das permiso?
- Como no...
Y tomó papel y birome. Tarareando un poco, otras mirando en el vacío, fueron quedando los versos.
Luego que terminó, la volví a leer luego de tanto tiempo...
El boliche se me hizo silencio.
Solo faltaba el acorde borroneado en mi memoria...
Gracias Rubio!!!
Miro hacia el jardín
dónde estabas tu
y lo veo vacío.
Tu monopatín
solo en un rincón
se muere de frío.
Te veo jugar
corriendo hacia mí
y al atardecer
siento tu calor
recordándote.
Pero tú no estas
te han llevado ayer
angeles del cielo.
Tal vez a jugar
o para alegrar
el jardín de ellos.
Pero si supieras
que falta me hace
verte sonreír.
Que ahora estoy llorando,
querido hijo mío.
Toda la ternura
que me dabas tú
hoy me está faltando.
Me hirió el corazón
saber que de ti
no sabré más nunca
Así viviré,
así moriré
y así lloraré,
sin tener de ti
ni aquella manera
de decir: papá.
Rubito