Domingo, 29 de noviembre de 2009

LAS LUCHAS CIVILES EN URUGUAY (1832-1904) Aspectos humanos 23. Efectos de las guerras


EFECTOS DE LAS GUERRAS

“¡Ay! ¡yo he visto bien de cerca
al monstruo de la guerra civil en la República!
He seguido los pasos de un ejército
y he observado las huellas que dejaba el otro”.

(Carlos María Ramírez)


Hemos visto documentos donde se exponen los daños ocasionados en las guerras, acusándose a los blancos.
Hemos visto documentos donde los males son atribuídos a los colorados.
Pero también hay juicios, inobjetables, en que los errores y abusos se atribuyen a los dos. Juicios críticos de personas ubicadas por encima de banderías y partidarismos. Observadores inteligentes, orientales y extranjeros, señalaban cómo las luchas civiles arruinaban al país, sin tomar posición en ninguno de los bandos en pugna.
“¡Ah guerra! tu eres maldita
Por las madres orientalas;
Cambia tus dañosas balas
En tranquilidá bendita
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Sólo se ve destrusión,
Y en vez de flores, espinas;
Tuito arrasao y entre ruinas
Se encuentra por tu cañón;
Cerco, ramada y galpón
Se han visto disparecer,
Y la casa que era ayer
Una estancia de primera,
¡Es una triste tapera
Que da lástima ver!

(A.D. Lussich.”Los 3 Gauchos ...)

El doctor Carlos Ma. Ramírez, intelectual valioso, integra el grupo de personas que, teniendo verdadera conciencia de los daños irreparables que ocasionaban las guerras a la patria, anatematizó estas luchas intestinas. Él dice así:
“¡Hombres del partido colorado!
los blancos destruyen vuestros intereses de campaña.
¡Hombres del partido blanco!
los colorados destruyen vuestros intereses de campaña.
¡Extranjeros imparciales!
Vosotros estáis lejos de salvaros de la ruína,
porque blancos y colorados se encargan
de destruir los vuestros y los del país entero”.

Por donde pasaban los ejércitos quedaba la desolación. Ellos eran como sembradores de la miseria y de la muerte.
Barrán y Nahum citan un artículo de “El Siglo”, del l2.4.1904, que a su vez recoge las quejas de un estanciero :
... “ causa asombro y gran tristeza ver la destrucción por donde pasan los grandes ejércitos, mayor mil veces que la de las inconcientes e irresponsables mangas de langostas que sólo destruyen en su breve pasaje la vegetación, dejándonos luego en paz y tranquilidad, mientras que los ejércitos arrasan campos, haciendas y vidas”...
Mientras tanto entre los revolucionarios saravistas, ¿cuál era la mentalidad dominante? ¿qué pensamiento embargaba a muchos sobre el problema de los efectos de las luchas?
Es ilustrativo el diálogo que reproduce Javier de Viana en “Con Divisa Blanca”, entre Carlos Roxlo y José Villamil. Este último expresa:
... “ ¿Que el país se arruina? ¿y qué nos importa un país que no es el nuestro? Si no ha de haber patria para todos, que no haya para nadie”.
¿Cuáles eran los efectos? La ruina material que abarcaba muchos aspectos.
Nos referiremos primero a la movilidad y dispersión de las personas. (En el plano humano no trataremos aquí sobre los muertos y los heridos, pues ello se hizo antes.)
Cuando Rivera fue derrotado en Arroyo Grande dio la orden a las familias de la campaña que emigraran a Montevideo llevándose con ellas lo que pudieran de sus bienes “y en su retirada desde el Queguay, que se verificó muy lentamente, muchas de ellas se le presentaron y siguieron al ejército, llegando en pocos días, a formar una columna tanto o más numerosa que la de los hombres armados”. (Antonio Díaz)
El francés Benjamín Poucel era propietario de un próspero establecimiento, Pichinango, en el depto.de Colonia. Sus observaciones sobre los cambios ocurridos allí y en los demás puntos de la república por el advenimiento de la guerra, son muy correctas:
“Hemos tenido hasta 60 bocas para alimentar, todos extraños al establecimiento, independientemente de las numerosas familias que se refugiaban en nuestros bosques a cada captura y recaptura de los pueblos y que permanecían allí hasta que una tranquilidad relativa los permitía volver a sus hogares”.
Esto sucedía en los comienzos de la Guerra Grande. Posteriormente, con la captura de Poucel por los oribistas que lo llevan junto a los demás franceses de la campaña, y también ingleses, para formar parte del grupo de rehenes de Durazno, la situación se agravó. El Pichinango, una de las estancias mejor organizadas del país se transforma en un conjunto de ruinas. Era una situación que se multiplicaba por un número grande.
Los campos, las haciendas, las casas en la campaña, todo estaba abandonado. Permanecían, a veces, las mujeres y los niños. Los hombres estaban en el ejército, o escondidos en los montes. Otros se habían ido a Entre Ríos o Río Grande y algunos, tal vez muchos, que eran colonos agrícolas españoles o italianos asentados en los departamentos vecinos a Montevideo, volvieron a Europa. Esto último sucedió, mayormente, durante las revoluciones de Saravia.
Arosteguy señala sobre la época de la revolución de 1870:
“El que no tenía que emigrar para el extranjero, cuando no podía conseguir ausentarse del país, se veía forzado a guarecerse en los montes para no ser asesinado en su casa, o si permanecía en ésta, tenía que vivir con ojo alerta, y el arma al brazo, dispuesto a huir o a pelear con los que se presentaran”.
Si el drama de la batalla ocurría cerca de los lugares con viviendas, los daños, tan visibles siempre después de la lucha, alcanzaban también a las casas. Tal lo ocurrido en Cerro Colorado. Las casas cercanas que tenían techo de teja quedaron en peor estado que las que tenían sus techos de zinc, pues en las primeras las balas habían hundido la techumbre mientras que en las otras los proyectiles perforaron las chapas estáticas.
Así cuenta el cronista de “El Eco de la Guerra”:
“El torreón de un edificio que sirve de puesto a una estancia de los señores Jackson, cercano al campo de batalla, está completamente destruído por las balas de cañón. Todos estos habían sido sitio de defensa de los revolucionarios, que tendieron sus primeras líneas detrás del terraplén del ferrocarril, por aquel punto bastante alto para ocultar un hombre, y luego se había ido replegando, merced a los accidentes del terreno, al bosque de eucaliptus y las casas. Las familias corrían despavoridas por los campos pues los revolucionarios se posesionaban de ellos según las necesidades de la retirada, haciéndolas blanco de las fuerzas legales”.
Por donde quiera que pasen los ejércitos, a ellos van a parar ganado, caballos, bosques, cultivos, rodados. De todo se apoderan.
¿Y cuando hacen campamento? Es fácil darse cuenta el estado desolado y ruinoso en que queda la zona.
Para agravar más la situación los nacionalistas se ufanan de ocupar lugares amplios:
“El campamento -de los colorados- ocupa poca extensión y eso perjudica a los caballos y a los hombres. Nosotros no. Siempre acampamos en grande extensión, ocupamos leguas y leguas; así hay más pasto para los animales, aire más puro para los soldados y sobre todo más independencia, más libertad”... (Lasso de la Veja)
El caballo, como se ha visto, es el elemento indispensable para la guerra. También lo era para el trabajo en la campaña, donde las distancias son enormes y sólo con el caballo se podía vencerlas. Con el caballo se iba a buscar agua, carne y leña. Servía para cuidar el ganado y para la guardia de las ovejas. Todo esto no podía hacerse a pie. Por eso Ordoñana, reflejando el interés de los estancieros, se quejaba:
“Si se necesita los caballos gordos y sanos para operaciones militares, nada se hace más natural que llevárselos, como elemento de guerra, como elemento precioso e indispensable; pero podría disminuirse una parte del mal que eso produce al estanciero, dejándole siempre con caballos flacos y maltratados que los soldados dejan rastreando en sus marchas. Estos mismos caballos, renovables de tiempo en tiempo, servirían sucesivamente para trabajos de estancia y para patriar”. Era un punto de vista razonable, pero nunca se hizo así.
La falta de caballos para el trabajo y el transporte derivó en la suspensión de los viajes de parte de los mayorales de diligencias. Pellicer, corresponsal argentino, quiso viajar a Tres Árboles, depto.de Tacuarembó, desde otro punto de la campaña. Necesitaba cubrir la información dela batalla para su diario bonaerense. Resultó una odisea pues todos los caballos habían sido arreados para los ejércitos. Se consuela así:
... “ aunque bien mirado, de nada servirían -los caballos- faltando quien los arrastrase”.
¿Y el ganado? ¿los vacunos? Ahí estuvo el daño mayor. Los soldados tenían que alimentarse y su alimentación fue básicamente (o únicamente) la carne.
Es fácilmente demostrable que en este país, sin caballos y sin carne, no se hubieran realizado tantas guerras civiles con las características que tuvieron.
No queremos exponer los números de animales carneados, por ejército, por día, por mes, etc. los autores Barrán y Nahum han desarrollado con precisión y riqueza de información ese aspecto del problema.
Sobre la exageración de las carneadas nos dice Poucel, relativo a la Guerra Grande:
“Si se acampa en terreno de un adversario político, y esto es lo más frecuente, entonces ya no se cuenta -la cantidad de animales muertos- Se mata todo lo matable y se come todo lo que se puede, el resto de la carne se pierde, pero los cueros son secados” y llevados, agregamos nosotros.
Los autores Barrán y Nahum demuestran el afán destructivo, el carácter de venganza que anima a los revolucionarios saravistas en sus matanzas de ganado. La forma de carneadas evidencia, pues, otras intenciones, distintas a la necesidad de alimentarse.
Carnean vacas con la cría en el vientre y con la cria al pie.
“Al otro día de una carneada vi sobre una loma 30 ó 40 cabezas, panzas, todo lo que sobra de la res, y al lado de cada una de ellas, balando plañideramente, otros tantos terneritos, condenados a morir de hambre”. (J.de Viana)
Existía un casi acuerdo entre las partes vinculadas al problema del ganado que se carneaba. Era sobre el derecho del estanciero de recibir los cueros de los animales sacrificados. Pero eso ocurría muy pocas veces. En muchos ejércitos cada jefe o cada oficial tomaba tantos cueros como fuera posible para atender sus necesidades.
Muchos dueños de estancias se anticipaban a la catástrofe. Ponían a seguro sus tropillas, llevándolas al Brasil o a Entre Ríos. Algunos las escondían en los montes.
Otro efecto desastroso: alambrados al suelo.
Ese problema estaba determinado por tres causas. La necesidad de hacer pasar la caballería, el deseo de aprovechar los alambres para hacer carpas y los postes para los fogones y, por último, como tercera causa, en las últimas revoluciones, la intención de perjudicar a los más poderosos, haciéndolos sentir la guerra, a efectos de servir de presión sobre el gobierno y así obtenerse los reclamos invocados.
“Ahora, la saña destructora de la guerra empieza. En pocos minutos, por la fuerza de la necesidad, las líneas de alambrado desaparecen, no dejando otro rastro que los hoyos donde estuvieron clavados los postes. Estos arden en los fogones, y los hilos, cortados en mil pedazos han servido para inprovisar armazones de carpas que, con un poncho encima, nos protegen contra la terrible irradiación solar”. (J.de Viana)
El mismo Javier de Viana, con su pluma fértil y su palabra brillante, nos señala la consecuencia inmediata del alambrado roto:
“Es triste, no solamente por el valor que representan los alambrados destruídos, sino también por los enormes perjuicios que causa su destrucción al vecino: las majadas se alejan, se entreveran, se pierden; los vacunos, contentos con escapar a la monotonía del potrero, se dispersan en busca de aventuras; las razas se mezclan y, olvidando todas las conveniencias, se entregan a amores desordenados; los animales de alta alcurnia echan al diablo sus pergaminos y los plebeyos olvidan la distancia”...
El constante peligro de ver sus alambrados desaparecer llevó a algunos hacendados a pensar en otro sistema. Se llegó a los piques o postes de piedra. Era una forma cara, pues si bien la piedra abundaba, necesario era tallarla para después clavar.
Con el alambre carpas, con el madero leño. En eso se convertían los alambrados. ¿Por qué no hacer lo mismo con los hilos y postes del telégrafo? Y fue lo que sucedío. Aquí se obtenía outro beneficio para los revolucionarios: destruir las comunicaciones del enemigo. El telégrafo era una de las ventajas que tenía el gobierno sobre los rebeldes. Destruyendo el telégrafo se disminuía la fuerza de los gubernistas.
Este problema inclinó al Presidente Batlle a hacer uso de las palomas mensajeras para compensar, en parte, la destrucción de los hilos telegráficos. Fueron frecuentes las comunicaciones entre el Presidente y el ejército del Norte por medio de las palomas.
Los rieles. Las vías férreas levantadas fue otro problema. Los durmientes servían para los vivacs.
Con los rieles levantados el gobierno se perdía un medio de transporte para desplazar a sus soldados.
Daños y perjuicios de las luchas civiles. ¡Fueron tántos!
Las actividades económicas se paralizaron. Ningún sector social se benefició. El llamado pobrerío rural, que estaba tan mal, tampoco se benefició, aunque en el plano material seguramente no perdió nada.
La agricultura en todas partes se destruyó. La pasada de las huestes destruían los cultivos. La falta de cercos protectores permitía que las vacas y las ovejas transitaran libremente. El verde de las huertas desapareció.
Para colmo de males, frecuentemente se usó el fuego como arma. Se prendía fuego en los esterales y en los montes, en los maizales y en los trigales. Poniendo fuego se impedía al enemigo guarecerse. Fue un viejo recurso que se usó a lo largo del siglo.
“Al salir de la ciudad nos apenaba ver los grandes molinos, los inmensos aserraderos, las varias fábricas, todo mudo, todo desierto, sombrías las altas chimineas, por donde no salía ya la respiración del trabajo. No había obreros, no había vehículos para conducir los productos, ni había necesidad de producir desde que no existía a quien vender”. (J.de Viana)
Hemos visto algo de la situación en el interior del país. Se podría pensar que en Montevideo los estragos de las guerras no eran tantos, si se piensa que todas las batallas se libraban fuera de la capital. Pero el relato que leeremos de C. Adami nos ilustra sobre los efectos de la revolución de 1904 en la ciudad capital:
“Con la salida a campaña de los cuerpos recientemente formados, se había producido en Montevideo el abandono de varios servicios públicos. Com los barrenderos públicos se había formado un batallón , motivo por el cual la ciudad no tenía barrido, y se quemaban las basuras en las mismas calles. La ciudad carecía también por completo de servicio de vigilancia, porque los agentes de policía habían formado varios batallones. Pequeñas patrullas de 4 y 5 soldados, al mando de un clase, hacía aquel servicicio, bastante defectuoso. Ya comenzaba a sentirse la miseria, no solamente en la clase proletaria, sino también en la clase media, pues teniendo los hombres que abandonar sus empleos u ocupaciones, o por tener que servir en la guardia nacional, o por irse a la revolución, quedaban las familias desamparadas, sin recurso de ninguna especie, ni probabilidades de obtenerlos. Para mayor desgracia, la escasés de los artículos de primera necesidad, como ser la carne y las legumbres provenientes de campaña, subieron sus precios de una manera inverosímil, contribuyendo a hacer la vida más difícil o casi imposible”.
Para finalizar este capítulo, con mucho gusto incluimos dos estrofas de “Los Tres Gauchos Orientales”, de Lussich. Como todo el poema, refleja una triste realidad, el drama frecuente de nuestras guerras y sus efectos:
“Carchas, majada y querencia
Volaron con la patriada,
¡Y hasta una vieja enramada
Que cayó ... supe en mi ausencia!

La guerra se lo comió
Y el rastro de lo que jué,
¡Será lo que encontraré
Cuando al pago caiga yo!”

Publicado por sosa608 @ 12:11  | San Carlos Cultural
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